ROCCO Y SUS AMIGOS
POR: DON NADIE
“En cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”
(Del que sea)
Ese Rocco, cruce de nobleza y ferocidad, hijo de una labradora con amo de estrato seis y un peligroso “Rod-wail”, de un mafioso, vecino de la familia Méndez, dueños de la fina perra, en el exclusivo veraeadero del K26 de la carretera a l mar.
Sus dos primeros mese fueron normales, como los de cualquier cachorro.
Hasta el día en que se apareció en su vida el ingeniero Luis Fernando Orozco, como invitado a un asado con mucho whisky en esa finca y conoció al cachorro, fue amor a primera vista.
Como es obvio, el ingeniero se hizo regalar el cachorro, pese a las dudas de Graciela (Chela para los amigos), esposa del linajudo Leónidas Méndez hijo
Departieron alegremente y al momento de despedirse, eufórico por su adquisición y los whiskies, el ingeniero acomodo en el asiento posterior de su campero a su nuevo cachorro y emprendió viaje a su casa quinta “Orozco de los chiminangos” en Miranda Cauca.
En el recorrido de regreso, el ingeniero, que es muy ingenioso, pensó en el nombre que le pondría a su nueva mascota y se acordó de una película Italiana neorrealista y tal de un fulano Luciano Visconti “Rocco y sus hermanos”. Rocco; ese es, pensó, con ese nombre, tengo tema para hablar con mis amigos.
Efectivamente lo bautizó Rocco solemnemente, como solo lo hace proceder la influencia del alcohol, Buchanan:s, además.
Al llegar a su quinta, acostó al cachorro en la habitación de los huéspedes y se fue a dormir.
Al despertarse al día siguiente por un ruidito extraño,, se levantó y vio asustado a la criaturita devorando el control remoto de su televisor.
Con su paciencia de tío y un guayabo mortal, le dijo: Rocco, eso no se hace! Y el perrito no lo volvió a hacer, pies nunca más compró otro control remoto.
Cuando abrió la puerta del campero para ir a su trabajo, un olor horrible lo hizo retroceder, miró hacia atrás y vio como su cachorrito, se había orinado, cagado, vomitado y fuera de eso, destrozado el asiento.
Pero el ingeniero en su sabiduría se dijo, que lo lave José Luis! Y se fue tranquilamente a pie para su trabajo, entregándole las llaves del vehículo a José Luis, quien encantado las recibió y le dijo: no se preocupe que yo le arreglo todo.
Entre otras cosas, José Luis, hombre bueno, aficionadísimo a los carros, han sido un gran servidor para el ingeniero, puesto que es agricultor, carpintero, mecánico, cocinero, pintor y chofer de bus.
Por la tarde el carro estaba impecable pero el asiento seguía igual, José Luis le dijo: tengo un amigo que se lo arregla y cobra poco., pero el ingeniero le respondió: eso no importa, el carro sigue funcionando lo mismo.
Y es cierto, el campero del ingeniero funciona, sin asiento trasero, con tres pistones, sin plumillas, sin tracción delantera y a veces sin aceite.
Llegando a su quinta, el ingeniero reflexiona: tengo que educar a Rocco, es un bello ejemplar, la química empezó a germinar entre el perro y su amo.
Al entrar a su casa vio a Rocco con los restos de unos zapatos y se dijo: no importa, ya eran viejos. Más tarde se percató, que un zapato era café y el otro negro, hacía ocho días los había comprado a Martha, carísimos.
La química estaba funcionando en Rocco, le encantaba el olor y el sabor de las prendas de su amo, en su habitación, el ingeniero se erizo al ver pantalones, camisas, calzoncillos y medias por todas partes. Empezó a organizar, pero no valía la pena, todo estaba roto, menos algunas medias, lo cual le corroboro y empezó a doblarlas para guardarlas, pero se desconsoló al observar que una media de las que quedaron buenas era blanca otra azul, otra gris y otra negra. En ese instante quiso estrangular a Rocco, pero su bonhomía se lo impidió. Sonriendo se acordó de su natal Riosucio y los piononos, torticas famosas en esa región: pio por lo bueno que es él y nono por las medias, soltó una sonora carcajada, algo muy frecuente en él, y lo anotó en su libreta, pues el apunte le serviría para su libro “Un Oscar para la libertad”.
Desde su primer control remoto Rocco se volvió adicto a las cosas crujientes, celulares, encendedores, paquetes de cigarrillos. Platos, candados, llaveros etc etc quedaban esparcidos vuelto añicos en la casa del ingeniero, quien muy sabiamente compró un recogedor de basuras y decidió construirle una casa afuera.
Con su habilidad como carpintero, en solo quince días quedó lista. A Rocco le encantó y en tres días acabó con ella.
Así las cosas decidió dejarlo libre”Para que se adopte a su nuevo hábitat”, pero no fue tan sencillo, los vecinos empezaron a quejasen de su mascota. Un irascible pero hasta simpático vecino le conmino: Ingeniero su hijueputa perro asusta a las gallinas y no pone, se tira a lago y los peces no crecen y además rompió a mordiscos el asiento de mi moto, amárrelo o no respondo.
Otra vecina, mujer encantadora con una casa colindante igualita a la de la abuelita de caperucita roja, todo orden, todo lindo, toda flor, todo armonía, le dijo: perdone ingeniero pero su perrito, rompió tres materas, daño las begonias e hizo un hueco grandote en el semillero de lechugas y acabó con todas por favor amárrelo.
Entonces fue al pueblo, compro collar, traílla y cadena. Amarró a Rocco a.l lado de la hamaca y el carro, este, al verse amarrado, acabó con la hamaca y reventó la llanta trasera, afortunadamente no alcanzo a la llanta delantera.
Tuvo que amarrarlo en el fuerte tronco de un chiminango así estuvo quince días, que le sirvieron de lección y reflexión perrunas, al cabo de los cuales, como es de fácil deducción, rompió la cadena no se sabe cómo y recobro su libertad, pero ya mas aplicado.
Así empezó Rocco su vida de Mirandeño, se le veía en Chiquilines, en el balneario del rio Desbaratado, en el café del pueblo en las casas de los amigos del ingeniero, en las tertulias literarias de los jueves y hasta en algunas sesiones del Concejo, por lo que la gente se encariñó con él.
El ingeniero, hombre metódico y ordenado, con su casa de puertas abiertas para sus amigos y los ladrones, cuidaba mucho de su mascota, basta relatar lo siguiente: un día fui a visitarle, el no estaba, pero dejaba la llave de la puerta en una matera (algo innecesario puesto que las ventanas no tenían pestillo) y encontré toda la casa ordenada y limpia, porque el día anterior José Luis, su fiel servidor y su esposa la habían arreglado, quise prepararme un tinto y estuve media hora buscando el café y no lo encontraba, hasta que se me ocurrió buscarlo en un tarro que decía : café y ahí estaba efectivamente, algo sorprendente en la casa del ingeniero.
Como les decía, hombre ordenado y metódico, le servía su porción de concentrado al perro cumplidamente: los miércoles! Algo que no le gustaba a Rocco ni cinco, lo que lo obligó a buscar una alternativa.
Como si estuviera pensando, caminaba de Farra la candela, un bar, hasta su casa ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta. Hasta que en uno de sus ires y venires, se encontró con la vecina de la casa bonita, la olfateó y quedo fascinado! Olía a comida! Claro, ella tenía un restaurante en Florida.
Aprendió los horarios de la dama y la acompañaba de su casa al paradero de buses y viceversa todos los días, lo que surtió un efecto positivo pues ella empezó a traerle las sobras de su restaurante, a cambio Rocco le cuidaba la casa por medio tiempo, pues la otra mitad era para su héroe, el ingeniero.
Ya Rocco tenía seis meses y todo marchaba sobre ruedas que es un decir, pues bajo ruedas comenzaron y terminaron sus problemas.
Un día Rocco caminaba alegremente por la Avenida Centenario, cuando un ordinario chofer de volqueta no hizo el menor esfuerzo para evitar atropellarlo y le paso ese armatoste por encima, dejándolo como una gelatina y arrastrándose y como pudo llegó a su casa mas muerto que vivo.
El ingeniero llevó el perro donde un veterinario, pero este cobraba un montón de dinero por remendarlo y como cosa muy rara, en ese momento estaba sin un peso. Solución: aplicar la eutanasia, verdugo elegido ¡yo!.
Resignado a mi designio, compré una jeringa así grande, la llené de formol y decidido fui a cumplir con mi jarto encargo. Llegue a casa del ingeniero, en el corredor, postrado y adolorido estaba Rocco, prepare la jeringa, saque el aire del cilindro, hasta que goteara la punta de la aguja, acto absolutamente innecesario, pues lo iba era a rematar
Estaba listo, diciendo si se la aplicaba en el muslo o en la cruja, cuando me encontré con su mirada inteligente, suplicante, dulce tenaz.
No fui capaz de hacerlo, bote la jeringa con su letal contenido y le dije: Rocco, yo no puedo matarte, ¡demonios! Que lo haga otro.
Entonces, seguimos en la difícil misión de encontrar verdugo sustituto, cuando observábamos que Rocco parecía mejorar, pues ya se arrastraba, decidimos llevarlo donde un sobandero que diagnostico descaderamiento, contusiones múltiples y stress profundo, lo embozalaron, alguien lo agarró por las manos, otro por las patas y otro por la cola, halaron, torcieron, retorcieron, pujaron y empujaron, hasta que el sobandero dijo: ya encajaron los huesos en su sitio; ahora cómprenle estas drogas, y con su letras de sobandero expidió la fórmula: calcio en jarabe, curagan, especifico, multivitaminas, aspirinas y una garrafa de aperitivo “la corte” para el ingeniero y yo.
Conseguido lo anterior llevamos a Rocco a su corredor de convalecencia. Se le aplicaron los menjurjes y lo dejamos descansar.
En esos momentos llego el joven ingeniero Samuel Londoño, Concejal, numerologo, mentalista, experto don Juan, sabedor de infinidad de vainas, parrandero y jugado, ocasión que aprovecho el ingeniero para preguntarle: hombre Samuel, ¿Qué es bueno para las hormigas?, pues me están acabando el rosal. A lo que respondió con esa aura que da la sabiduría.- Pues dele “lorban “.Rocco, atento a la charla de los colegas, se dijo: si eso es bueno para las hormigas, debe ser bueno para mí. Y en cuanto el ingeniero llevo el veneno, aprovechó para comerse casi una libra, lo suficiente para matar veinticinco millones doscientas cuarenta y tres mil ochocientas diesyseis hormigas.
Pero, sorpresa, esa dosis fortifico al perro, caminó cojeando, aprendió a manejar su pata derecha que le quedo desobediente y siguió para siempre con su peculiar “tumbao” forma singular de caminar, trotar y comer exclusiva de Rocco.
Ya restablecido, empezó a incursionar tímidamente por los andenes de Miranda, pues a las calles les cogió pánico. Una tarde, al llegar a la plazoleta vio a su amo vestido de señora, con un palo entre las manos apuntándole al cielo y seguido por muchas gente con velas encendidas y susurrando algo que él no entendía. Era una procesión, cosa nunca antes vista por Rocco.
Asustado quiso proteger a su amo del peligro de andar por la mitad de la calle y decidido corrió a protegerlo y halándolo de la bata, que le olio rarísimo, trato de llevarlo al andén, cuando sintió una andanada de cruzasos (golpes dados con una cruz) ciriazos (golpes dados por un cirio) y patadas que lo hicieron huir despavorido, dicho de otra manera le fue peor que a los perros en procesiones.
Con el rabo entre las piernas, desconcertado por lo sucedido, sin entender porqué su amo estaba vestido de mujer y olía tan raro, tomo rumbo a su casa, cuando al pasar frente a la tienda de Rosco (otro conocido personaje, que le añadió una “s” a su apodo por envidia), escucho las estertoreas carcajadas de su amo, que departía con unos amigos al calor de unas copas.
Ahí si quedo loco, su desconcierto llego al límite, ya no entendía nada de nada y zurumbático se echo a sus pies, olisqueo sus zapatos para descubrir que al amenos había recuperado su querido olor habitual, lo que lo calmo un poco.
Pronto se disiparon las dudas y el desconcierto de Rocco, pues la risa del ingeniero se debía a los comentarios que hacían sus amigos sobre el impresionante parecido físico de este y el cura del pueblo, lo que ocasionaba divertidos malentendidos, pues al ingeniero a veces le preguntaban por el precio de las indulgencias plenarias o si era más caro un entierro el lunes festivo, y al cura de cómo se hacían los cimientos para construir una casa sismo resistente o quien era la morena con la que estaba abrazado ayer en “El Embarcadero”.
Así entre las risas y las anécdotas, alguien dijo: ese cura es un santo, palabras oídas por Rocco con curiosidad, para deducir: ese olor que percibí cuando halaba la bata del cura es el olor a santidad ¡gua!
Rocco, después de estas aventura se volvió más tranquilo. Poco salía de la casa y se dedico por completo a cuidarla, lo mismo que la de la vecina, con fiera obstinación, pues atacaba a los transeúntes con el rugido de un león, la agresividad de un“rod Walier”, pero cuando estaba a un metro de distancia de su atemorizada presunta víctima, meneaba la cola como el más manso labrador. Nunca mordió a nadie pero asusto a todos.
Debido a eso se gano un machetazo que casi le arranca una oreja, recibiendo de esta manera su ración de violencia, palabra esta que hace parte de la “canasta familiar” en Colombia.
El hecho fue asi: un distraído campesino paso casualmente frente a la casa de su amo, al verlo Rocco se le tiro como el más feroz de los monstruos y no alcanzo a comportarse como el manso labrador, cuando el asustado hombre sacó su machete y le asentó tremendo golpe dejándolo bien herido, mejor dicho mal herido.
Otra vez vemos al ingeniero de veterinario, ya que en la alcaldía no le habían pagado una interventoria porque le faltaba entregar un presupuesto, el registro de nacimiento de una tía y no había partida para ese “rubro”. Pero el ingeniero no se arredro, pese a su aversión a la sangre, consiguió guantes para cirugía, más mascarilla, agujas, hilo, desinfectantes etc etc y se dedico con esmero a curar la herida de Rocco y este estuvo en quince días completamente restablecido.
La oreja del perro quedó bien alineada, lo que satisfizo sus egos, el de Rocco y el del ingeniero, quien volvió con nuevos bríos a su rutina, o sea cobrar en la alcaldía, cuidar su tomatera en “Orozco de los chiminangos” y terminar el invernadero en su finca “El Agrado”
Alcanzo a ser el “Rey del tomate” con fotos y todo, tomadas por su hermano Federico, el mejor fotógrafo del mundo según lo certifican su hijo Juan Esteban y el mío Luis Alberto, a los niños hay que creerles y así es.
Como les decía, fue rey del tomate por un día, debido a que un animalito llamado el picudo tardío o algo así acabó la tomatera en una noche y ni hablar del invernadero, un vendaval atroz lo derrumbo y automáticamente quedo convertido en veraneadero, lo que sigue siendo su finca hasta hoy.
Pero sigamos con Rocco, al cumplir el año decidió dedicarse a la vida del campo, pues el pueblo era ruidoso, había mucha gente, muchos carros y hasta ascensor el de la alcaldía por supuesto. Todas estas cosas lo hacían sentir muy estresado.
Ah! La vida en el campo, el olor de la boñiga fresca, los ríos, los lagos, los caminos sin ruido, el espacio donde corría libremente. Rocco se estaba volviendo romántico, algo le pasaba y era verdad. Conoció al Maestro Alberto Moncada, artista, cantante, compositor, poeta, pintor y con un corazón de niño.
Se hicieron grandes amigos, acompañaba largas horas al pintor frente a su caballete, al artista, compositor y cantante en sus veladas y al poeta Oh! Al poeta declamando a sus amores perdidos, a sus amores presentes y a sus amores por venir.
Hasta esos días los amores de Rocco eran su amo, la vecina y la comida, pero ya era adulto e intuía que había algo más fuerte en el amor, pues a veces veía a su amo, al pintor y a mí con la boca abierta mirando un par de senos de una muchacha en tanga.
Todo tiene u hora y le llegó, acompañaba al pintor con sus lienzos cuando en el aire un olor desconocido lo crispó, se tensaron todos sus músculos, se erizo su abalache pelaje, aulló como un lobo hambriento y a toda carrera se dirigió hacia ese olor que lo enloquecía, hasta llegar a una hermosa perra mona acosada por cinco o seis cachorros.
Paró en seco, observo, analizo y el instinto animal prevaleció y se abalanzo como una tromba hacia el tumulto, sorprendidas perras y chandosos quedaron paralizados.
Rocco sin mediar ladridos dio dentelladas a diestra y siniestra, haciendo correr como alma que lleva el diablo a los desdichados chandosos, la perra quieta en su lugar, miró a Rocco con admiración, se olfatearon, lamieron, corretearon y al final se acoplaron.
Al comienzo fue difícil para el perro, pues su pata desobediente le impedía proceder como se debía, pero la perra complaciente entendió la situación y sabiamente se echo, el acto se consumó como debía se: apasionadamente.
Rocco conoció el verdadero amor: el sexo, y se decía en su obligado aprisionamiento: ¡ojala todas las cadenas fueran así
Cuando el perro regresó acompañábamos al pintor el ingeniero y yo, lo vimos llegar con la lengua afuera, jadeante, despelucado, cansado, pero con una expresión feliz en sus ojos que nos miraban con descarada sorna y pareciera que se dijera para sus adentros: estos pendejos gozan con dos tetas de una mujer, mi perra tiene doce.
Acto seguido se durmió. A partir de ese momento Rocco cambió radicalmente, nos miraba con franco aire de superioridad, pues la diferencia numérica de los atributos de las perras y las mujeres eran evidentes, además los hombres no tenían pelaje, eran pelados excepto en algunas áreas, tenían que ponerse ropa, zapatos y demás, se desplazaban en horrendos vehículos y no podían hacer lo que querían, porque siempre tenían algo que hacer, cosas que para Rocco eran del todo innecesarias.
De esta manera Rocco se convirtió no en el amo sino en el protector de sus desprovistos amigos humanos.
Con ese aire de superioridad y con su “tumbao” disfrutó alegre su vida.
Me acompañaba por semanas en mi finca, seguía al Maestro por sus senderos de serpientes y fantasía, escoltaba a su bella hija Cristina en sus baños de sol en el Desbaratado cuidándole celosamente, seguía al ingeniero y le sostenía el decámetro en sus mediciones, hasta se le apareció un día con una bolsa con una lata de atún y unos plátanos birlados a algún despistado bañista, suponiendo que había escasez.
Concluyendo: Rocco era un perro único. En sus cortos cuatro años de vida, experimento todas las vivencias, todas las alegrías y todos los sufrimientos. Hoy doy gracias por no haberle truncado esa existencia.
Pero hace pocos días Rocco esperando a la vecina en el paradero del bus, vio que no llegaba y esperaba y esperaba. Cuando llegó el último bus, atravesó la avenida Centenario, sin percatarse que tres borrachos confundieron la avenida con una pista de carreras para sus infernales motos y el más ebrio de todos lo atropelló caundsandole la muerte fulminantemente. El bruto motociclista rodó y rodó quedando con fracturas y contusiones varias que le dejaron cicatrices que lo harán reflexionar por el resto de su vida. La moto quedo inservible afortunadamente.
Una lúgubre paz ronda por la casa del ingeniero, es otra sin la vitalidad de Rocco. Pero pronto un cachorro suyo con la perra mona nos dará la alegría de su presencia.
Finalizando: ese Rocco sí que era un verdadero perro.
P.D: El ingeniero compró otro C.R. para su TV
POR: DON NADIE
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